Bolivia registra 14,6 en el Índice de Hambre
¿mejorará con el cambio de ciclo político?

Bolivia obtuvo una puntuación de 14,6 en el Índice de Hambre, lo que la ubica en categoría moderada. Aunque el país no alcanza los niveles de hambre extrema —rango de 35 a 49,9— en el que se encuentran naciones como Burundi y Yemen, sí es actualmente el peor ubicado de Sudamérica. Este dato abre una pregunta clave para la agenda pública: ¿podrá mejorar el indicador con el cambio de ciclo político?
En el contexto regional, varios países muestran mejores desempeños. Trinidad y Tobago registra 11, Ecuador 10,9, Perú 7,2, mientras Argentina y Brasil marcan 6,4 y Paraguay 5,2. La comparación es elocuente: Bolivia arrastra rezagos que demandan políticas más eficaces de seguridad alimentaria, empleo e ingresos, además de fortalecimiento de programas de nutrición infantil y desarrollo rural.
Pese a ello, el panorama no es exclusivamente negativo. El país ha mejorado respecto a años previos, cuando llegó a figurar con valores entre 20 y 34,9. La peor puntuación se registró en el año 2000, con 27, lo que sugiere que hubo avances sostenidos, aunque todavía insuficientes para escalar posiciones en el ranking sudamericano. Esta trayectoria refuerza una idea: con decisiones públicas consistentes, es posible acelerar la reducción del hambre.
A escala global, el cuadro sigue siendo preocupante: entre los siete países más afectados del mundo figuran Haití, Congo, Sudán del Sur, Burundi, Yemen, Somalia y Madagascar. La presencia de cinco países africanos, uno de Medio Oriente y uno de Centroamérica muestra que los conflictos, la fragilidad institucional y los choques económicos siguen siendo detonantes críticos.
¿Qué necesitaría Bolivia para bajar su puntuación de 14,6? Especialistas consultados en el sector coinciden en cuatro frentes: reforzar la producción agroalimentaria con enfoque territorial; ampliar el acceso a ingresos y empleo de calidad; escalar programas de nutrición materno-infantil con seguimiento comunitario; y mejorar la gestión de riesgos (sequías, inundaciones, encarecimiento de alimentos). La coordinación entre Estado, gobiernos subnacionales y sector privado será decisiva.
La pregunta de fondo —si el índice de hambre mejorará con el nuevo escenario político— dependerá de cuán rápido se traduzcan las prioridades en políticas concretas, con metas medibles y financiamiento asegurado. El punto de partida es claro: Bolivia no enfrenta hambre extrema, pero la brecha regional persiste. El desafío inmediato es convertir la oportunidad en resultados: más alimentos en la mesa, mejor nutrición y menos vulnerabilidad para los hogares. El dato de hoy marca el rumbo; las decisiones de mañana dirán si la tendencia mejora.